DIALOGAR
La mujer se llama Marta y debe escribir un relato: tema, el diálogo. Y piensa ¿El diálogo? Diálogo para besugos, diálogo para intelectuales, diálogo para seres queridos, diálogo de conveniencia, diálogo de toreo; de toreo, de emplear la muleta y dar pases: ¿Una Verónica? Ella torea bien; torea, pero primero se erige como buzón de quejas varias y reclamaciones.
Sale a la calle temprano, a buen ritmo. Se pone la radio para olvidar, durante un rato, lo que le espera a la vuelta. Le espera el diálogo. El diálogo en la era de la comunicación. La comunicación es importante. La comunicación es necesaria pero los argumentos suelen ser fútiles: asuntos importantes para alguien, a las que otro alguien responde con monosílabos.
“——Buenos días. ¿Cómo estás? Se me ha roto el grifo. ¿Vienes ahora, por favor?
——Estoy con mi madre en el hospital.
——Bueno, cuando salgas, si no te importa.”
Ese es todo el diálogo. Nada interesa.
Ve a lo lejos a la señora de mediana edad cargada de espaldas de mirada perdida con la que se cruza todas las mañanas.
——Buenos días. ¿Me puede dar la hora? —— pregunta la señora como siempre, fijando la vista en algún punto desconocido de una galaxia perdida.
——Buenos días. Las ocho menos diez.
Y la mujer se aleja. Marta considera la posibilidad de regalarle un reloj, pero a continuación reflexiona. Está segura de que pide la hora a casi todos los transeúntes. Debe de tratarse de una persona solitaria, deseosa de tener una conversación. A lo mejor, si intentara dialogar con ella correría asustada. Sonríe pensando que le va a traer un reloj esperando que al día siguiente pregunte “Buenos días ¿Me puede decir por dónde se va a Murcia?”
Vuelve a casa. Intenta ordenar los papeles. Cierra la puerta de la habitación. Tiene la suerte de disponer de una gran ventana y ve su querido pino y los pájaros y le dan una envidia tremenda. Y se conecta a Skype, se coloca el auricular
“——¿Qué hacemos con este señor? A Carlos se le ha roto la dentadura. ¿Vas a venir? Y ha llamado una tal Carmen. Solo quiere hablar con doña Marta. ——Y Juan, el auxiliar, suelta un bufido, harto de dialogar.
——Bueno tranquilo. Ahora la llamo.
——Buenos días Carmen. Soy Marta. ¿Qué te pasa? ¿Qué necesitas?
——Buenos días. Nada. Llevo quince días con mucho dolor en una muela. Llamé hace rato y me dicen que no puedo ir esta tarde, que hay mucho lio. Y claro, quiero hablar contigo porque me duele mucho.
——A ver Carmen ¿Cómo te duele?
——bla,bla,bla. Y esto desde hace quince días. Ya no aguanto más.
——Bueno, anda, acércate y te hacemos una radiografía.
——Juan, apunta a Carmen a las cinco. Le haremos una radiografía.
——Como siempre. Siempre igual. Lleva un montón de días con dolor. Ahora es urgente.
——Carmen tiene casi ochenta años. Vive sola. Tu necesitas una sesión de yoga y meditación.”
Da la vuelta a la silla giratoria para que no la vean en pantalla y cierra los ojos. Recuerda a su madre y sonríe pensando que era una visionaria. “Hija, te voy a apuntar a teatro, tienes que vencer la timidez. No te vas a poder defender en la vida” Atinaba, como Rappel.
Abre Word. Tiene que intentar recordar la trama que le rondaba por la cabeza. Tema: el diálogo. Ella observa los ojos de los que le hablan. Ojos risueños, cariñosos, ojos de pescado muerto, ojos opacos como los de su madre. Y ya no existía el diálogo. “¡Hola mamá! ¿Cómo te encuentras?” Y la madre de Marta pegaba un respingo, retiraba la cara por miedo al beso.
Suena el teléfono. Su marido.
——No sé que hacer con los niños. Tengo que ir a ver a mi madre. Se va a morir. Ven a por ellos o ¿Me los llevo?
——Pero, vamos a ver, ¿no será mejor que la ingresen y le hagan todas las pruebas pertinentes?
——Ya. Si le dicen que todo está bien. Pero le duele el estómago y la gastroscopia ya sabes que no se la quiere hacer que luego está tres meses fatal.
——¥o ya os he dicho un montón de veces lo que opino. Pero la decisión la tenéis que tomar tu hermano y tú. No se puede meter la cabeza debajo del ala.
——Oye nada. Me acaba de escribir. Que no vaya que se cansa hablando.
——Bien. Yo tengo mucho trabajo.
Y Marta piensa: dialogar. Dialogar día tras día. Volver una y otra vez a lo mismo. Repetir y repetir intentando que escuchen que comprendan, que oigan lo que no quieren oír. Que alguna vez hay que coger las riendas en las situaciones complicadas. Que los caballos no van solos al veterinario, aunque les duela el estómago y, normalmente, no les gustan las gastroscopias. Sería más fácil decir “Mira tu madre está loca y se va a morir, sí, se va a morir, porque ninguno de vosotros dos sois capaces de obligarla a que se trate, a que coma, a que salga de una vez de la habitación en que se ha recluido.”
Y ella no tiene potestad y no la dejan actuar. O no quiere actuar porque ya ha agotado el diálogo. Y piensa que el diálogo puede ser cruel; que es más cruel cuanto más conoces a la gente porque sabes donde clavar el estoque; que muchas veces hay que decidir omitir, aunque nos hayan herido; que hiriendo no se ganan batallas si no estas dispuesto a matar.
Cuando Marta entró en la universidad conoció a Ana, una persona que dialogaba y dialogaba y dialogaba. Era bajita y poquita cosa.
“¿Cuantos temas llevas estudiados para el examen? Uff ¿solo veinte? Vas mal. Yo ya acabé. Estoy repasando. Por cierto, ¿me pasas esos apuntes tan buenos que cogiste ayer?” Y Marta prestaba apuntes, y callaba. Ana dialogó en primero de carrera, dialogó en segundo. Y una mañana, en tercero de carrera, Marta aprendió a decir “NO”, una palabra que se le resistía. Ana sigue dialogando, es su esencia, son muy amigas sobre todo porque Ana, ahora, frena antes de llegar al límite. No fueron necesarias las clases de teatro. Solo fue necesario conocer a Ana.
——Marta, perdona. ¿Estás ahí? No me has dicho cuando vas a venir y tengo a cinco personas esperando. ¿Cuándo meto a tus parroquianos, el frente de juventudes, todos mayores de setenta años?
——Bueno, Juan, relájate. Abre la consulta para mí el miércoles por la tarde. Colócalos cada media hora. Seguro que el problema odontológico será leve, los conozco, solo necesitan dialogar. Y ten paciencia. Espero que llegues a su edad.
Marta sabe que es buen chico, cien por cien eficiente, pero no tiene filtro. Lo mismo es necesario cumplir años para escuchar el murmullo de la corriente subterránea que se esconde debajo de las palabras.
Dialogar. La experiencia te va presentando a las personas con las que puedes dialogar si estás atento, se dice Marta. Adquieres un sexto sentido, una antena que vibra y sabes, estás segura, que será una persona afín a ti; seres que te parecen maravillosos, con tus mismas inquietudes. Dialogar entonces es un lujo. Ella escucha embelesada todo lo que le aportan.
Pero también hay que intentar dialogar sobre temas intrascendentes con gente insulsa, que no piensa, que posee un electroencefalograma plano, como el del chiste. Diálogos de conveniencia.
——¡Oiga, oiga! Este señor está muerto.
——No doctor, estoy bien.
——Pero oiga ¿Vd no piensa?
——Yo no ¿Para qué?
Cuando puede cerrar la sesión de Skype, Marta solo ha escrito el titulo de su relato. Ella se ha pasado toda la mañana dialogando.
Un ejercicio de autoficción, un género muy en boga,
ResponderEliminarMarta, me rechifla este relato. Que sutil e irónica eres. ¡Genial!
ResponderEliminarDicen que es fundamental dialogar pero dialogar, ¿qué significa? Tu relato muestra con ironía que dialogar es todo menos dialogar. Me ha gustado mucho.
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