MOISES
Mientras me vestía para la fiesta de disfraces del cumpleaños de Olvido no dejaba de pensar en la frase que tantas veces me repetía mi madre: <<Aunque la mona se vista de seda, mona se queda>>
Pero, a medida que el disfraz de Cat Woman iba adaptándose a mi cuerpo, mi timidez e inseguridad iban desapareciendo.
Siempre he sido delgada, nada me impide embutirme en este buzo de cuero negro que marca, amablemente, mis características femeninas. Las bolsas de grasa de mis párpados y mis prematuras patas de gallo, quedan detrás del antifaz que oculta la auténtica identidad de Cat Woman. Me calzo los zapatos de tacón de aguja de 12 centímetros que me obligan a caminar con unos contoneos impropios de mi. Me enrollo el látigo en el brazo derecho y no puedo evitar imaginar como lo haré restallar en el centro de la pista al terminar algún paso de baile atrevido. Nadie me identificará.
La casa de campo de los padres de Olvido relucía en medio de la noche y de la oscuridad del bosque que la rodeaba. Por todas las ventanas abiertas salía la música que podía escucharse en cada rincón. Hadas, piratas, payasos, romanos, lobos y caperucitas, diferentes tipos de extraterrestres etc… reían, bailaban y bebían, pasando de un grupo a otro con soltura.
No me atrevía a tomar ninguna bebida alcohólica por miedo a perder el equilibrio con los tacones, y ello no favorecía mi decisión de entrar en la pista. A mi lado apareció un tiarrón de 1,90 metros, con melena y barba blancas, llevaba un báculo en su mano derecha, un vestido de tela cruda largo ceñido a la cintura con un fajín de cuero y cubierto por una túnica granate con rayas azules y blancas. Sus pies asomaban calzados con unas sandalias de tiras de piel atadas a los tobillos. Sólo cuando, rodeadas con su brazo izquierdo y apoyadas en su cintura, vi las Tablas de la Ley, me di cuenta que era Moises quien se dirigía a mí.
¡Pecadora, vamos a la pista! Y, empujándome con su báculo, me colocó en el mismo centro del baile. Preparé el látigo y, cuando me disponía a hacer una finta con él, levantó su báculo y me dijo con una voz que se escuchaba claramente por encima de la música: “ Detente pecadora o lanzaré un rayo destructor sobre tu cabeza”. Enrollé el látigo en mi brazo derecho y me dejé arrastrar por el ritmo y el aspecto noble de Moises. A los pocos minutos de bailar, la barba y la peluca se movieron, dejando patente su falta de autenticidad. Los guiños y miradas destinadas a bailarinas que le rodeaban, desatendiéndose poco a poco de mí, tampoco me parecieron dignas de Moises.
Me invitó a descansar y tomar una copa. Al sentarnos me pidió que le cuidara las Tablas de la Ley mientras iba al cuarto de baño.
En su ausencia me detuve a leer los Diez Mandamientos, que no recordaba bien:
I- Te amarás a ti mismo sobre todas las cosas
II- Jura por todo lo jurable que es verdad lo que tú dices
III- Los fines de semana son exclusivamente tuyos
IV- Nadie más fácil de engañar que tu padre y tu madre. ¡Sin compasión!
V- Si matas, no te delates.
VI- El sexo es el motor más potente del mundo. Súbete a él.
VII- Roba cuando estés seguro que no te van a pillar
VIII- Miente lo que necesites
IX- Desea a la mujer de tu prójimo, de tu vecino, de tu amigo, de tu jefe…
En fin, a todas las mujeres.
X- Son los bienes ajenos los que debes codiciar, los tuyos, ya los tienes.
Al volver, se había colocado bien la peluca y se sentó a mi lado, sonriendo mientras aleteaba rítmicamente sus fosas nasales. No sé de dónde saqué la destreza, pero con un solo movimiento de mi látigo, enganché su barba, tiré de ella y la dejé caer en su copa. Le rompí en la cabeza las Tablas de la Ley de cartón. Salí de la fiesta.
Qué tablas de la ley tan inspiradas, jajajajaja, esa religión mola.
ResponderEliminarMuy divertido. Una caricatura de las personas muy buena. Las tablas son geniales.
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