EN HONOR A LA
VERDAD
Sala dos del tribunal de lo penal. El juez, un jurado compuesto por tres
hombres y cinco mujeres, el abogado defensor, el fiscal del estado y el acusado,
más algunos curiosos que abarrotan la sala. El acusado se levanta para
declarar. Se hace el silencio.
Señor juez, señores
del jurado, juro que voy a atenerme a la verdad. Al menos, toda mi verdad.
Porque, ¿qué es la verdad sino ese constructo subjetivo y…? Perdón, señoría,
iré al grano. ¿Por dónde empezar? Soy un hombre íntegro que se debe a la
ciencia, en cuerpo y alma, y por ello me declaro inocente de todo lo que se me
acusa ante este tribunal. Todo lo que hago, hice y haré es en honor a la verdad. Yo he hecho nada malo. “¿Que me negué a vacunar en mi consulta, como me
ordenaba el Colegio de Médicos?“ Si lo hice fue por atenerme a mi conciencia, ¡esa
vacuna es el timo del año! ¡Qué digo del año, del siglo, del milenio! Porque, ¿quién
y cómo ha probado su eficacia? ¿Durante cuánto tiempo? Un moj… un churro,
señoría, un monumental churro esta vacuna, se lo digo yo y millones de mentes
pensantes en todo el mundo. “¿Que cuando me obligaron a vacunar, inoculé agua a
los desgraciados que me insistían en vacunarlos?” Al menos no soy responsable
de ninguna muerte, mi conciencia está tranquila, cosa que no pueden decir todos
mis compañeros de profesión. “¿Que he repartido panfletos entre mis pacientes
poniendo a parir, quiero decir, atacando las medidas del gobierno para vacunar
masivamente, para controlar el contagio, para aislar a los infectados?” Por
supuesto, si esta gripe, porque hasta que no me demuestren lo contrario, esto
es una gripe en todos los sentidos, solo afecta con gravedad a los estúpidos, a
capullos en concreto, gente en definitiva excedente, de la que la sociedad
puede prescindir.
(Alboroto en
la sala, el juez llama al orden con su mazo. El acusado eleva la voz).
La gente con
estudios, la gente como yo, no se enferma por un virus como este, un virus de pacotilla. ¡Pandemia!
¡Ja! ¡Ya les daba yo pandemias de verdad a todos estos! (Mira con desprecio a los asistentes). “¿Que he dado charlas a
personal sanitario en hospitales para impartir mis ideas?” El deber de todo científico
es la divulgación de sus conocimientos, porque yo, señoría, tengo conocimientos,
no como esos medicuchos que salen en la tele, pagados a saber por quién, para
informar de lo llenas que están las unidades intensivas. ¡Paparruchas! ¡Que se
creen que todos somo unos gilipollas, como ellos! Sí, hice todo eso y haría
mucho más, solo que mi salud últimamente se resiente. (Sufre un repentino
ataque de tos). Vaya, parece que me ha subido la fiebre otra vez. (Murmura
para sí). Esta es mi verdad, señor juez, señores del jurado, y a ella me
atengo.
El acusado
tiene visibles dificultades para respirar. El ataque de tos regresa con más
virulencia. El juez interrumpe la sesión y el acusado es sacado en camilla de la sala).
Como la vida misma. Escribes muy bien.
ResponderEliminarTema de total actualidad. Muy bien redactado. Yo he visto al personaje. Muy bien.
ResponderEliminarMaravilloso! Le has cogido el pulso al teatro a la primera. Enhorabuena.
ResponderEliminarMuy cómico. Quizá ante un jurado veo un vocabulario demasiado (ejem) llano, pero tiene toda la gracia.
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