Un soneto por Ucrania
Veo las voces de la guerra, digo
como el silencio de las balas, oigo
la marmita crepitante de los huesos
en la calle de convexos espejos.
Al sol tibio de la nieve palpitante
la medida del barro es la distancia
severa, exactamente impenitente,
de un hombre al cuadrado o de una bestia.
Con las manos cerradas nos cerramos
los ojos; grito que llora no entiende
cualidad, de cobarde o de valiente.
Y contamos días, fechamos suerte
como fútiles pellizcos de arena.
Llora el grito al temblor de la muerte.
Triste belleza
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