FOGÓN
Con un leve roce de mi dedo te
enciendes y rauda alcanzas la temperatura marcada. Aceleras mi ritmo, me tengo
que dar prisa en echar el aceite antes de que quemes el cazo. Al ajo apenas
tres cortes le hago, cuando el olor del aceite me empuja a echarlo. Otra vez mi
dedo, ahora acude rápido, para bajar los grados. La cebolla aún no está
preparada y luego hay que cortar el pimiento, mejor que se hagan a fuego lento.
Ya no hay prisa, puedo rallar el tomate con ritmo pausado mientras, justo al
lado, en otro fuego más vivo, frío las albóndigas envueltas en blanco trigo.
Cada fuego con su ritmo, devuelve un aroma distinto. Olores de infancia que
nunca se olvidan, recuerdos de una vida que se renueva cada día.
Has dorado las albóndigas que
esperan en un plato cerca del refrito. El tomate burbujea salpicando los bordes
de la olla. Una copa de vino apagará este fulgor y entretanto evapora el
alcohol, añado pimienta y sal. Qué delicia de olor que atraviesa muros e invade
los dormitorios. Es el aroma en el que naufragan las albóndigas hasta ahogarse
en él. Es en ese momento cuando mi dedo te apagará, para que con el calor
concentrado y la olla tapada el guiso se asiente. Pronostico que si freímos unas
patatas para acompañarlas, vamos a tener éxito y mañana, que cocine otro.
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