CLAUDIA Y GONZALO
Nacido en familia de posibles, Gonzalo era el pequeño y más consentido de un enjambre de hermanos. Llegó cuando ya nadie esperaba tener que cambiar pañales y muchas manos amorosas suavizaron con cremas su culito. Era un bebé hermoso.
Respondón y coqueto conseguía con llantos o arrumacos todo lo que se proponía. De juventud rebelde su pasión por las personas le hizo abandonar las leyes imperantes en la familia y dedicarse a la labor social.
Le conocí una tarde de verano, envuelto en un halo rosado a la caida del sol sentado con indolencia en la chaise longue de la terraza de mis abuelos. Gonzalo era mi ídolo, mi tío aventurero. Tenía pocos años más que yo y había recorrido cuanto conflicto bélico hallara en la tierra en su afán de conocer y de ayudar. Llevaba unas gafas oscuras que ocultaban los ojos a las miradas extrañas y seguía siendo hermoso.
Yo tenía un claro fin. Necesitaba conseguir dinero suficiente de mis padres para circular por el vasto mundo y perseguir las huellas de mi tío Gonzalo. Y creí que él, que ya estaba de vuelta de todo, sería mi apoyo.
Le expuse mi plan. Sonrió y me contó la historia de Claudia.
“Claudia era una viajera impenitente, pero nada colmaba su innata curiosidad. La comunidad de hormigas sacaba provecho de sus contribuciones al sustento y nadie exigía su participación en las labores cotidianas. De pronto desapareció durante varias jornadas y empezó a circular la idea de que no iba a haber más remedio que salir en su búsqueda; difícil misión dado que, con su espíritu libre, no hacia a nadie participe de sus pesquisas. Ella proveía a su manera y nadie era tan arriesgado ni tan feliz en soledad. Por lo tanto, desistieron.
El viaje de Claudia había comenzado, como todos, por territorios conocidos, libre de amenazas, en los que conseguir sustento era tarea fácil mientras soñaba con descubrir otros mundos que una vieja un poco loca que vivía en la comunidad decía haber pisado en su juventud.
Pero quería escalar y pensaba que siempre son mejores las vistas desde la cima. Y así lo hizo, subió y subió por una pared de ladrillos que nunca había visitado. Con un profundo suspiro, se permitió un descanso y contempló el espectáculo que se extendía a sus pies: un maravilloso bosque, árboles gigantescos de diferentes verdes con manchas rojas, amarillas, separados por senderos abruptos y, al fondo, una llanura aterciopelada y un inmenso lago en el que se movían seres monstruosos. Se prometió a si misma que volvería para investigar con calma esas masas informes que se sumergían en el agua. Estaba decidida a asegurar nuevos caminos de supervivencia de la especie.
Después tuvo que atravesar un desierto llano, impoluto, color marfil y escalar, de nuevo, una extraña pared roja que se movía al impulso de una fuerza misteriosa. Claudia quedó sorprendida. Esta pared, suave al tacto, se escalaba con facilidad, pero una vez en la cúspide y sin previo aviso, se precipitó al vacío dentro de un cráter resbaladizo.
Una entregada ama de casa seguía a Claudia con la mirada desde hacía un gran rato. La vio atravesar el suelo del baño y subir por la toalla roja. Su primer impulso consistió en abrir el grifo, ahogar a la hormiga intrusa y que saliera de su casa por el desagüe. Pero Claudia se resistía a caer y patinaba una y otra vez. Su persistencia la conmovió. Y recordó la visión del cosmos que su madre predicaba día sí y otro también sobre lo poco que sabemos de nuestra existencia en este mundo, ni del lugar que ocupamos en el mismo. Siempre decía: “tened en cuenta, hijos míos, que somos como hormigas a las que pisamos sin querer o atropellamos a conciencia cuando se aproximan a nuestros alimentos y de que pueden existir, perfectamente, otros seres que no vemos y que tienen la misma capacidad de aniquilarnos a nosotros o por placer o para cubrir sus propias necesidades.”
Rescató a Claudia del lavabo y bajó al jardín. La depositó con cuidado cerca de donde sabía que se hallaba un gran hormiguero. Quiso darle la oportunidad de volver a casa, pero cuando aterrizó temblando, fuera de sí, corrió a esconderse durante mucho tiempo entre las hojas caídas de una preciosa hortensia azul.
Poco después un grupo de hormigas salió del agujero, pero Claudia que ya habría tenido ocasión de asimilar lo sucedido, no se unió a ellas. Creo que pensó que si se precipitara en su hogar e intentara narrar su insólito viaje y todo lo que le había acaecido en el mismo nadie escucharía con interés su soliloquio. Sus palabras serían juzgadas con severidad, tachadas de fantasiosas e irreflexivas lo que provocaría que le fuera impuesto un ostracismo similar al sufrido por la otra anciana hormiga.
Quizás fuera recluida por sus compañeras en un reducto aislado en donde no pudiera hacer daño a las novatas con sus descabelladas alucinaciones. Y sintió vértigo al comprobar que siempre es más fácil seguir al rebaño.
Finalmente, Claudia salió de su escondite y se puso en marcha. Decidida, se alejó de su hogar. Entonces sintió la terrible soledad perpetua.”
Envueltos en la penumbra de la noche que se nos había echado encima sin sentir, Gonzalo se quitó las gafas de sol mostrando la órbita vacía de su ojo derecho donde, en su último destino, una bala amiga había impactado. Y me dijo “anda vamos a entrar en casa que fuera siempre hace frio.”
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