CONVERSACIÓN PRIVADA
Irene, sentada detrás del mostrador de recepción de la clínica dental, no tenía mucho trabajo ese día. Estaba tranquila. Repasaba la lista de la compra “Vaya pesadez. Cuando salga tengo que ir a Carrefour. Jorge tiene turno de tarde como de costumbre. Aunque qué más me da, nunca quiere ir al super por la mañana”
Entraron dos jóvenes charlando que cortaron las cavilaciones de Irene. Una de ellas era la próxima paciente del doctor. La otra una acompañante.
——Buenos días, Laura. Llega vd pronto. Tendrá que esperar. Además, el doctor lleva un poco de retraso.
——Buenos días Irene. No se preocupe. Aquí sentadas estamos perfectamente. Hace tiempo que no veía a mi amiga Gloria. Tenemos tema de conversación.
Irene volvió a su lista “leche sin lactosa, café. Uy que no se me olvide la mermelada de arándanos.” Pero no se podía concentrar y, sin querer, prestó oído.
——Sigue, sigue, Gloria. Me estabas contando que tu madre ha descubierto que su nuevo vecino es un sinvergüenza.
——Pues sí. Mira, como te estaba diciendo, Don Cosme, el vecino de mi madre, que era un muermo que ni hablaba, se fue a vivir con su hijo. La verdad es que es un edificio poco apto para personas mayores. Yo se lo comento todos los días a mi madre; sin ascensor y con esas escaleras de madera más viejas que Matusalem. Bueno, el caso es que compró el piso una pareja joven, Diana y Lucas. Y el tal Lucas no era trigo limpio.
——Y tu madre ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?
——Bueno ya sabes que mi madre no se calla ni debajo del agua y cuando coincidió una tarde por primera vez con Diana en la escalera vio el cielo abierto. Por fin tenía alguien con quién pegar la hebra. Se hicieron intimas. Hasta fueron al super juntas alguna vez. Al parecer Diana se sentía muy sola todas las tardes.
——Ya imagino——. Irene escuchó a Laura soltar una carcajada.
——Se enteró de que Diana trabajaba por las mañanas en un hospital y de que su marido tenía horario de tarde por necesidades de su empleo. Total, no se veían nada más que de noche. Mi madre puso la oreja a ver si podía pescar al marido en la escalera para seguir cotilleando, pero, imposible, no salía de casa hasta la hora de ir a trabajar.
——Tu madre estaría negra por no poder conocer mejor al marido de su vecina.
——Pues sí. Pero insistía todos los días, pegada detrás de la mirilla. Y mira tú por donde, un día descubrió a una rubia despampanante entrando en casa de Diana, por la mañana. Lucas le abrió la puerta.
——Bueno ¡Para que queremos más! Tu madre entró en trance ¿verdad?
——En trance. Me lo contó esa tarde cuando fui a dejarle a mi hijo para irme al cine como hago de vez en cuando.
En ese momento sonó el teléfono en la clínica, pero Irene, absorta en la intriga, apretó el botón de ocupado para no contestar.
——Lo malo, es que esas visitas se repitieron muy a menudo. Y mi madre dice haber escuchado risas y “carreritas” del otro lado de la puerta del vecino.
——El tal Lucas se lo pasaba bien por las mañanas, al parecer.
——Claro. Menudo sinvergüenza. Su mujer trabajando y él fornicando en su propia cama.
——¿Y tu madre no le ha dicho nada a Diana?
El teléfono de la clínica insistía, pero Irene seguía sin atender, cada vez más nerviosa, siguiendo la conversación y deseando que la paciente no tuviera que entrar al gabinete para poder seguir escuchando.
——No. Lo que ha hecho ha sido peor. Ayer ha dejado unos cochecitos de mi hijo en los peldaños de la escalera y la rubia al bajar se ha pegado un trastazo de impresión. Ha comenzado a chillar. Mi madre, que estaba a la expectativa, haciéndose la sorprendida, ha acudido en su ayuda aprovechando para ocultar el arma del delito en el bolsillo de su bata. Al parecer el tal Lucas ha salido corriendo de su casa en calzoncillos. Se ha formado un escandalo mayúsculo en el edificio. Menos mal que la rubia solo se ha torcido un tobillo. Ya le he dicho a mi madre que tiene que controlar sus instintos asesinos.
Ambas jóvenes no podían contener la risa.
Irene, crispada, salió de detrás del mostrador, sin saber muy bien a donde dirigirse; fue hacía el gabinete y, antes de abrir la puerta, volvió sobre sus pasos y tomó asiento de nuevo en recepción.
——Y Diana se ha enterado, claro.
——Por supuesto. Creo que Lucas ha tenido que recoger sus pertenencias esta mañana y ha salido del apartamento. Mi madre me acaba de decir que hay que solucionar las injusticias, y que no se arrepiente de lo que ha hecho.
——Pues no sé, chica. Un poco drástico me parece, pero, la verdad, es que da mucha rabia que le pongan cuernos a una joven y encima en su propia casa. Yo me alegro de que por lo menos se haya enterado. Ahora ya está en su mano la solución que le quiera dar. Es decir, que perdone o no perdone. Aunque alguien así ya no es una pareja en la que se pueda confiar.
El paciente que estaba en el gabinete con el doctor, apareció en recepción en ese mismo momento, solicitando una nueva cita. Irene se recompuso y procedió a realizar su trabajo.
Al poco rato, otro auxiliar, el que ayudaba al doctor, le dijo a Laura que ya podía pasar.
Irene cogió su móvil, y entrando en la habitación reservada al personal, llamó a la compañera que realizaba su mismo cometido de recepción por las tardes.
——Oye, perdona ¿Tú querías venir a trabajar mejor por las mañanas, ¿verdad?
———……………..
——Sí. Me viene peor venir por las tardes, pero he pensado que casi no veo a mi marido y he decidido cambiar de turno.
——………
——Perfecto. Luego se lo comento al doctor. Mañana empiezas tú este turno. Muchas gracias. Vendré a verte algún día y si hay algún paciente del que tengas dudas me llamas. Besos.
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