jueves, 24 de febrero de 2022

Ejercicio 6C Purificación Mallén

 


VIAJEROS


Aurora subió al tren y se sentó. A las nueve de la mañana no solía encontrar fácilmente asiento, pero ese día el tren iba casi vacío. Se sentó en un asiento sin compañero. Lo prefería así. El tren le servía de terapia dual, solía pensar, unos días el tren la relajaba y otros, la hacía desear continuar en ese tren, llegar a Cádiz y coger un barco para desaparecer. Últimamente prevalecía la segunda opción, ya que intentaba recordar cómo había terminado trabajando para aquella cadena de supermercados con aquellos horribles horarios.  

Después de ir a la Universidad y terminar Empresariales le pareció maravilloso trabajar primero en un banco, después en una gestoría y, por último, en la plataforma de supermercados. Era jefa de compras. Pero la mataban los horarios. Salir a las 11 de la noche la agobiaba y le hacía sentirse mal. A veces pensaba que era una esclava. Su cuenta corriente crecía y crecía, sencillamente, por falta de tiempo para gastar. 

—¡Qué suerte has tenido! ¡Un trabajo fijo en estos tiempos! —solía decirle su madre. 

—Según se mire mamá, según se mire — respondía Aurora sin querer ofenderla—. Tal vez hubiera sido mejor ser ama de casa.  

—¿Ama de casa? ¿Cómo yo? Ni hablar. Es mucho mejor trabajar y realizarse y ser independiente. 

—Sí mamá. Siempre tienes razón —asentía con una sonrisa. 

Así terminaba la conversación. Aurora nunca expresaba lo cansada que estaba y lo asfixiada que se sentía. 

En la siguiente parada subieron al tren dos hombres y una mujer. Cada uno llevaba una maleta tamaño cabina que depositaron en el estante de arriba. Los dos hombres cogieron la maleta de la joven, pero uno de ellos dijo que de su hermana se encargaba él. Ella, sin embargo, besó en los labios al otro joven. Aurora dedujo que serían hermano y hermana y el novio de la hermana. Tomaron asiento y empezaron a hablar. Aurora podía escuchar todo perfectamente.   

—El fin de semana que nos espera me tiene entusiasmado. Casi no he dormido. No sé a qué vamos exactamente — dijo el novio de la chica. 

—A mí me ha pasado lo mismo. Casi no he dormido tampoco, aunque yo no sé qué va a ocurrir. Tampoco quiero crearme muchas expectativas, pero de momento estoy entusiasmado — contestó el hermano de la chica. 

— Esta experiencia en grupo va a ser como compartir un vestuario de un equipo de rugby o de cualquier deporte. Al principio te da algo de vergüenza, pero después llega a reconfortarte esa desnudez, esa exposición con gente que lo hace igual que tú—expuso la chica. 

—Este regalo de cumpleaños que nos has hecho a Carlos y a mí por haber nacido el mismo día, me tiene muy intrigado. He estado a punto de no aceptar, pero al ser en Cádiz, he pensado que las opciones se multiplican—le dijo el hermano. 

—Exacto. Las opciones van a ser múltiples. Con lo que vamos a hacer nos mostraremos a nosotros mismos o, al menos, a una parte de nosotros. Podemos mostrar partes que incluso no conozcamos, nuestras sombras y nuestras luces —confirmó la chica. 

—Me tienes de lo más intrigado. Realmente no sé qué vamos a hacer. No sé si vamos a pescar lubinas o lenguados y si no pescamos sacamos la mala leche, que serían nuestras sombras, o si vamos a emborracharnos de tal forma que nos desnudamos— respondió su hermano—. ¿Y tú, Carlos, qué crees? 

—Tal vez vayamos a montar en globo o a lanzarnos desde un helicóptero. Ni idea—respondió entusiasmado Carlos. 

— Algo parecido. Aparentemente es como si anduviéramos por la cuerda sin red. Vamos a tener alas, vamos a ser libres, podemos crear el mundo que queramos. Seremos malabaristas—dijo la chica. 

— Bueno, no hay que exagerar. Con pasármelo bien, me conformo —le contestó el hermano. 

— Seremos valientes, atrevidos, jugaremos y crearemos universos donde puede ocurrir cualquier cosa— respondió la chica—. Podremos transformar el mundo, quitarle el sambenito a la cigarra de que lo hace mal y dejar de endiosar a la hormiga que lo hace bien. 

—O sea, que voy a poder ser un vampiro en Burgos, por ejemplo—comentó riéndose el hermano. 

—Exacto, lo que quieras. Un adolescente, un astronauta, una costurera, una muñeca, un científico, ...lo que quieras—continuó la chica—. Podremos ser Alicia en el País de las maravillas, la reina de corazones, Ana de las Tejas Verdes, rubios, morenos, … 

—El conejo loco, Einstein, un pirata,...parece un carnaval— siguió el novio. 

Los tres rieron. 

 

El tren aminora la marcha. Una voz mecánica anuncia la siguiente parada. Aurora tiene que bajarse para ir a trabajar. Está entusiasmada con la conversación, no sabe a dónde van sus compañeros de viaje. Le da pereza bajarse. Coge su bolso y los mira. Siente deseos de preguntarle a la chica cuál es la sorpresa, pero no lo hace. Se imagina haciéndolo, exigiéndole que se lo cuente. 

Se baja. 

Camina rápida.  

Llega hasta la escalera mecánica. 

Mira hacia atrás. El tren aún no ha retomado su camino. 

Ella sabe lo que le va a ocurrir cada día, incluso los días de los fines de semana.  

No tiene tiempo ni de tener un marido. Su noviazgo se eternizó tanto que se terminó en ese laberinto de no verse por el trabajo.  

Piensa en su madre, piensa que se va a atrever a decirle el domingo, cuando vaya a visitarla, que su exnovio, Manuel, no se fue con otra, sino que dijo que no quería esta vida tan sacrificada con el trabajo y que ella, a veces, creía lo mismo, porque Manuel, tenía razón. 

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