ULISES Y PENÉLOPE
El tren llegaba tarde para variar. Era la tercera vez que lo cogía este mes. Los viajeros desparramados por la estación miraban impacientes el panel de llegadas y salidas. Duarte se sentó en un banco desde donde se veían las vías. En el anden un tren de mercancías se preparaba para salir en dirección a Oporto. Un niño saltaba por las losetas sin pisar raya. Una anciana arrastraba su maleta de ruedas hacia el pasaje de acceso al otro lado. Por la megafonía se anunció la llegada del tren Paris-Lisboa en breves minutos.
—Eso es lo que yo llamo un buen servicio —dijo uno de los viajeros—. Llega tarde y ni siquiera se disculpan.
—Viene de muy lejos —apuntó Duarte conciliador—. En los de largo recorrido siempre surgen imprevistos.
El viajero no contestó y se alejó mirando su billete. Duarte pensó que el tipo era un maleducado aunque también podía ser que no hubiese sabido como continuar la conversación que había iniciado. A él le solía ocurrir. Sobre todo en la pensión o cuando los fines de semanas que no volvía a casa, salía a tomarse unos cubatas. En la obra era más fácil. Allí no había gran cosa que decir.
El jefe de estación salió con un banderín rojo bajo el brazo. Duarte lo observó. La imagen tenía un aire caduco. Llegó el tren y se subió sin prisas. Localizó el departamento que le correspondía. Estaba vacío. Se puso unas rayban de espejo pasadas de moda y se acurrucó junto a la ventana. Solo le faltaba el sombrero vaquero para completar el aire de cow boy trasnochado que le caracterizaba. Era un hombre de busto interesante. La cabeza bien formada, la mirada azul penetrante, el pelo rizado y largo, los hombros anchos enfundados en un grueso jersey de lana hecho a mano y hasta ahí. Luego su cuerpo parecía una broma enclenque de cortas piernas torcidas. Por eso acostumbraba a llevar botas camperas con el tacón más alto que podía encontrar en la sección de caballero.
Solía aprovechar el viaje para dormir o, cuando el vagón iba lleno, hacer como que dormía para no tener que entablar conversaciones intrascendentes con desconocidos. En esas estaba cuando entraron en el departamento dos chicas jóvenes con mochilas y un aire fresco y ruidoso. Las saludó con un gesto de cabeza y se volvió hacia la ventana para seguir dormitando. Las chicas bajaron el tono, las sintió cuchichear entre ellas. Seguro que estaban valorando si él era un hombre interesante, insignificante, molesto o peligroso. Decidieron quedarse. Colocaron sus mochilas y se acomodaron guardando distancias.
El silencio duró poco. Al principio mantenían un tono discreto y a Duarte le resultaba complicado escucharlas. Decidió emitir un leve ronquido para darles confianza y fuese por eso o por alguna otra razón fueron subiendo el tono.
Dedujo de la conversación que eran estudiantes y que acudían a Salamanca a algun festejo universitario. La que llevaba la voz cantante se llamaba Sonia y lucia una melena larga y oscura que se atusaba cada poco. June con el pelo corto y un par de piercing en la nariz era la que escuchaba y preguntaba. Hablaban de un tal Mikel que se iba a ir de Erasmus.
—Entonces ¿se lo has dicho o no? —preguntó June.
— Se lo he dicho, pero no sé si me ha entendido —le contestó Sonia.
—No sé yo porque no te va a entender.
—No quería ser demasiado directa. Le hablé de Ulises y de Penélope.
—¿De Ulises y de Penélope?—repitió June con extrañeza.
—Ves. Tú tampoco lo entiendes.
—No sé. A ver dime las palabras concretas. Reproduce.
—Le dije que yo no iba ser su Penélope haciéndole jerséis de punto todo el día. Y él va y me dice que no le gustan los jerséis hecho a mano que le dan picores. Y yo le digo que si no sabe quienes eran Ulises y Penélope. Y me dice como que no, que no le suenan.
—Claro es que Mikel es de ciencias —dijo June y se rio.
Llegó el revisor. Les picó los billetes. Duarte deseó que no se acercará a él. Si se “despertaba” para atenderle, no seguirían hablando hasta que no pasase el tiempo suficiente para asegurarse de que se había dormido de nuevo. El revisor le echó un vistazo y pasó de largo. Seguro que lo reconoció de otras veces —al fin y al cabo era casi un habitual— y sabiendo que no se bajaba hasta Vilarformoso, lo dejó estar.
La puerta se quedo abierta. Se oyeron por unos minutos los ecos de una canción que sonaba en el móvil de algún pasajero que andaba por el pasillo: No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir
—Bueno, sigue —dijo June—. Estábamos en que no sabía quienes eran Ulises y Penélope.
—Entonces —reanudó Sonia la narración—, le conté que Ulises era un griego que se fue a la guerra de Troya y dejó a su novia Penélope en casa y que tardó en volver siglos porque se perdió por los mares y que Penélope se paso todo el tiempo tejiendo y que cuando volvió no lo conocía ni su perro y que Penélope estaba más que harta de esperarle.
—Lo de Troya le sonaría por la película ¿no?
—Sí, lo de Troya, sí, pero va y me dice que él no tiene perro. ¿Ves por qué digo que no me entendió?
—¡Uy! Sonia, yo creo que sí te entendió, pero que se hizo el longuis. Perro no tiene y ¿novia tiene o no tiene? Esa es la cuestión.
— Te puedo asegurar que no, que si se va a Finlandia, al mierda pueblo ese que no sé ni como se dice y además doce meses, que se dice pronto, un año entero, te aseguró que no, que no tiene novia. Por lo menos yo, no.
El tren frenó un poco demasiado bruscamente en la estación de Salamanca. Las jóvenes cogieron sus mochilas y salieron corriendo y alborotando justo antes de que volviese a ponerse en marcha. Cuando se fueron Duarte se quitó las gafas y se levantó del asiento. Salió al pasillo por si volvía a oír la cancioncilla que no se le quitaba de la cabeza. No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir. Ulises, Penélope, Sonia, Mikel. Doce meses o doce años dan para tejer muchos jerséis de lana gorda. Mucho tiempo yendo y viniendo y volviendo. Mucho tiempo. Sacó el móvil del bolsillo trasero de su ajustado vaquero. Tenía que hacer un par de llamadas.
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