jueves, 17 de febrero de 2022

Ejercicio 5c Purificación Mallén

 TURISMO RURAL 


A finales de octubre de 2020, mis amigos y yo, alquilamos una casa rural en un pueblo de la sierra donde había un pantano ya que, a gran parte del grupo, le encantaba la pesca. La casa era preciosa. Tenía chimenea, que no encendimos, porche con barbacoa, que usamos muchísimo, y muchas habitaciones con literas y camas de matrimonio. El techo estaba lleno de vigas y había una buhardilla abierta justo encima de la cocina que no tenía puerta. Allí dormí yo, porque, según el grupo, al no tener pareja, necesitaba menos intimidad. El sábado nos fuimos todos al pantano a pescar. Unos pescaban, otros jugábamos y otros tomaban cerveza.  

El domingo, cuando me desperté temprano, no había nadie por la casa y decidí hacer una ruta de senderismo que estaba señalizada en un mapa que nos había facilitado la casera. El pueblo estaba insertado en la sierra, pero por la parte baja estaba llano. No llamé a ninguno de mis amigos, preferí no molestarlos y, así disfrutar de un paseo en la tranquilidad del campo. Todo estaba muy bien indicado y, además, no me iba a alejar. Me encanta pasear en esos días otoñales en los que se ha ido el calor asfixiante del verano, pero en los que el sol sigue reinando, aunque los días sean más cortos. Ese sol al que quieres porque te abriga como un abrazo, aunque, a veces, a las doce de la mañana, te invita a protegerte bajo una sombra.  

Me puse mis zapatillas nuevas de andar color naranja y con los cordones verdes y mi pantalón corto y mi camiseta blancos, impolutos, que, por su color, evitarían que el sol me machacara. Reí, realmente parecía que iba a jugar al tenis. Sin desayunar salí de la casa. No eran ni las ocho de la mañana. 

Planifiqué mentalmente que iba a empezar por lo más difícil para, cuando estuviera cansada, ya estar por lo llano. Decidí subir por la muy empinada cuesta del Tambor. El primer tramo de la cuesta aún estaba en el pueblo con lo que estaba asfaltada. A pesar del ángulo de inclinación, la gente vivía y había vivido allí desde la época medieval, al parecer. Me imaginé subiendo con un coche y rezando para que no apareciera otro bajando, ya que me moriría del susto no pudiendo ni parar. Me pregunté si le habría ocurrido a alguien eso, no poder parar y tener que subir rápidamente. Me agobié solo con pensarlo. Desde luego, nunca iba a ir por allí en coche, a no ser que me llevaran.  De algunas casas, salía un agradable olor a café. Lamenté no haber tomado uno en casa.  Cuando llegué al final de la cuesta asfaltada respiré hondo. Casi prefería caminar por la tierra que sirve de freno. Miré hacia atrás y agradecí haberla superado porque el espectáculo que apareció ante mí era para pintarlo. Los olivos estaban verdes, indemnes al verano. Sus troncos, marrones y retorcidos, parecían figuras fantasmagóricas de cuentos. En el suelo había hierbas y distinguí algunas esparragueras. El camino tenía piedrecitas y estaba muy seco. Tuve cuidado de no resbalar y me fui por la orilla donde algunas hierbecitas me sirvieron de freno. A la derecha, una valla de piedras señalaba el final de una finca ganadera con ovejas y olivos. A la izquierda, una valla metálica me separaba de una finca con huerto, piscina y una casa enorme. Ambas orillas eran tan diferentes que molestaba ver el metal rivalizando con la hermosura de la piedra.  

Se oyeron ladridos en la finca metalizada. Un enorme perro apareció ladrando desde dentro hasta llegar a mi altura. Me asusté. Me sentí amenazada pero protegida por la valla. Me agaché y cogí varias piedrecillas que metí en el bolsillo de mi pantalón. Me detuve, pensé en volverme porque si el perro salía me atacaría. Miré hacia la valla de piedra y vi moverse algo por encima. Crucé, y allí estaba, colgado de la rama del olivo, un pequeño camaleón. Camuflado totalmente vi que me miró. Le sonreí y saqué mi teléfono móvil para fotografiarlo. Los ladridos continuaban, pero allí estaba yo, sin miedo, disfrutando de sacar una fotografía de un animalito tan especial como un camaleón que además era andaluz, como yo. Seguí mi camino disfrutando del cielo. ¡Estaba tan cerca del cielo! No me pesaba el camino. Los ladridos continuaban. Algunos pajarillos piaban, otros se posaban en las ramas, el perro continuaba siguiéndome detrás de la valla, pero casi no lo oía. Cerraba mis ojos y me bañaba de sol. Llegué al final de la valla metálica y allí estaba el perro. Era tan grande como un caballo. Ladraba y ladraba. Puse mis manos en el bolsillo y saqué las piedras y se las tiré. El perro saltó hacia ellas y yo corrí hacia la valla de piedras que escalé para saltar hacia el olivo que casi se sostenía en ella. Me agarré sin saber cómo. Ahora era yo el camaleón. Me sentía protegida pero insegura. El perro no paraba de ladrar. Desde luego un ladrón no entraría en la finca, pensé. Parecía no cansarse. La temperatura subía. Yo no quería ni respirar para que no notase mi presencia, pero su poderoso olfato sabía dónde me encontraba. Como pude me acomodé en la rama en una parte cercana al tronco. Había hormigas formando una pequeña carretera hasta un agujero en el tronco. Miré hacia abajo y vi un conejo ¡Un conejillo de campo! ¿Viviría en el tronco del árbol? De pronto desapareció. Me acordé del camaleón. Podíamos habernos hecho amigos. Yo no podía mimetizarme con la naturaleza, pero sí podía colgarme de los árboles y hasta ese día no lo supe. 

El perro labraba, daba vueltas y volvía a ladrar. 

El sol ascendía. 

Mis tripas sonaban. 

Los pájaros volaban. 

Las hormigas seguían su camino. 

Todo continuaba su curso.  

Nadie sabía que yo estaba en un árbol porque un perro labraba.  

Por la puerta de la finca de la valla metálica salió un hombre. Silbó y el perro se fue con él. Ni siquiera me vio. Lo llamó Valentín y le preguntó por qué ladraba tanto y le recomendó que no se asustara, que ya estaba él allí. 

Me sentí libre. Libre y tonta.  

Como pude bajé del árbol. Me costó saltar la valla de piedras y volví al carril. Estuve tentada de volverme, pero continué mi camino.  

Con paso rápido empecé a bajar para verme sorprendida por un rebaño de ovejas. ¿Qué podía hacer? ¿Saltar? ¿Volver? Divisé al pastor y lo llamé, pero no me oía. Sin darme cuenta, las ovejas se acercaron esquivándome. Pasaron cientos de ovejas a mi lado. Cuando el pastor me alcnzó me dio los buenos días y no dijo nada más. No se había dado cuenta de que mi corazón se había acelerado tanto que yo lo tenía en mi oído. Ni siquiera se había percatado de que yo estaba allí en medio de aquel ciclón, muerta de miedo. 

Respiré hondo.  

El sol brillaba tanto que no lo podía mirar.  

Bajé hasta lo más llano.  

Mi teléfono sonó. Mis amigos me esperaban. 

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