OCEANO NOX
Todas las noches del mes de veraneo en Arcachon, a orillas del Atlántico, después de la cena mi padre cargaba con las tres cañas de pescar, el pequeño recipiente con los cebos, la canasta de red de alambre, algún bocadillo y un termo de café caliente, para dirigirse con el coche hacia una de las inmensas playas abiertas al océano. En general se acostaba con las gallinas pero durante sus vacaciones por nada del mundo se habría perdido esta escapada nocturna que duraba casi hasta el amanecer. Era, decía, la mejor hora para pescar.
Los tres hermanos, entre once y cinco años, de pie cerca del portón veíamos cómo se alejaban las luces traseras del coche hasta que se las tragaba la oscuridad en un ritual que nos tenía fascinado por su carácter misterioso: esos encuentros de noche con el océano, él solo cara a cara con la inmensidad del agua, agigantaba su figura.
Jamás olvidaré el día en que toda la familia, es decir nosotros tres y mi madre, compartimos con él esa velada oceánica.
Primero, por la mañana, nada más amanecer, habíamos ido con mi padre a buscar navajas en la playa abierta sobre la bahía, protegida de vientos y corrientes, donde nos bañábamos habitualmente. Mi padre nos explicó que había que localizar en la arena dos agujeritos contiguos que formaban un ocho diminuto, echar unos granos de sal y esperar. De repente veríamos surgir como un resorte un cuerpo viscoso que agarraríamos con el puño y que teníamos que extraer con sus dos valvas. Conseguimos veinte navajas. “Muy buena cosecha”, sentenció mi padre, “y las navajas son el mejor cebo, ya veréis”, añadió. Los tres asentimos con cara de entendidos.
Como la playa de nuestra aventura distaba bastante de la carretera, de la que nos separaban además unos quince kilómetros, salimos de casa a eso de las siete de la tarde para llegar con buena luz. Cenaríamos en la playa frente al océano. Los preparativos ya fueron emocionantes: todos queríamos ayudar a poner los tápers y las bebidas en las cestas de mimbre. Y los cubiertos, las servilletas de papel, los vasos de cartón, y algunas galletas de esas de chocolate que tanto nos gustaban. También nos llevamos mantas por si refrescaba porque si los días eran calurosos, por contraste las noches a orillas del mar podían ser “gélidas” dijo mi padre. Habitualmente siempre había peleas para saber dónde se sentaría cada uno de los tres en el asiento trasero -todos queríamos la ventanilla, claro- pero esa noche mi hermano, que era el benjamín, embargado por la ilusión de la escapada, acató sin rechistar el sitio del medio. Sin embargo, en el coche como la excitación era máxima y los tres hablábamos a la vez, mi padre tuvo que poner orden con un grito. Desde mi asiento, veía cómo mis padres se echaban miradas de reojo al tiempo que nos designaban con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa en los labios. Creo que tenían tanta ilusión como nosotros con esta escapada nocturna.
Una vez aparcado el coche en un camino forestal de tierra que corría paralelo al mar, mi padre, encabezando la comitiva, nos guío por una vasta extensión de pinares que no parecían guardar ningún secreto para él. No había sendero trazado pero él abría sin ninguna duda el camino. De vez en cuando se agachaba para recoger algunas piñas con las que fue llenando una bolsa de tela que llevaba al hombro. Para alcanzar la playa tuvimos que atravesar luego dunas y más dunas. Los juncos altos nos lastimaban las piernas y los pies se hundían en los arenales sin fin. Costó mucho esfuerzo escalar las dunas pero no salió ni una queja de nuestras bocas. Al revés, intentábamos erguir el pecho y seguir el ritmo que marcaba mi padre. Ese era el precio de la aventura y lo teníamos muy claro.
Las playas, inmensas y desiertas, abarcaban decenas de kilómetros y se enlazaban una tras otra: la vista se perdía tanto hacia los laterales sin fin como hacia el frente verdoso que solo con mirarlo, parecía querer engullirnos. Pero se veía que mi padre lo tenía todo muy controlado porque en esta vasta extensión que me parecía idéntica en todos sus puntos, sin dudarlo nos señaló con el brazo el lugar exacto donde teníamos que instalarnos. “Aquí, perfecto”, precisó con voz segura.
Fuimos dejando en la arena las cestas, las toallas, las mantas mientras mi padre iba preparando las cañas y los cebos.
Vimos con qué destreza ensartaba los cuerpos viscosos de las navajas en una especie de aguja larga, los rodeaba con numerosas vueltas de hilo fino elástico para fijarlos bien en la aguja que luego enganchaba al anzuelo. Repitió la operación tres veces, una por cada caña. “Todo listo, chicos”, nos comentó con un guiño que nos hizo sentirnos cómplices del gran momento.
Nos pidió que nos alejáramos un poco para no correr el riesgo de que nos enganchase el anzuelo y vi entonces cómo primero apretaba el índice derecho sobre el sedal y con un amplio gesto de ambos brazos agarrados en paralelo a la caña, la echaba hacia atrás por encima de su cabeza; después, corriendo en dirección del agua, la impulsaba con energía hacia delante y cuando su brazo estaba derecho, levantaba el dedo y dejaba volar el sedal muy alto para que el plomo recayera lo más lejos posible.
Este cuerpo a cuerpo de mi padre con la caña se repitió una y otra vez, siempre con la misma precisa coreografía. No podía despegar los ojos de su silueta que se recortaba sobre los colores del poniente como la del hombre-caña bailando con las olas. Hipnotizado, ni recuerdo ver cómo la oscuridad se fue adueñando de la playa ni cómo se llenaba la canasta de alambre. “¡Seis lubinas de buen tamaño!”, anunció mi padre cuando llegó el momento de cenar. Admirados ante el contenido plateado y brillante de la canasta, los tres repetimos a la vez “¡Seis lubinas de buen tamaño!”, con la misma entonación que él. Habíamos triunfado.
Mi padre anunció que para celebrarlo haríamos un fuego en la playa. Nos mandó recoger algunos trozos de ramas esparcidos por la arena que a duras penas conseguimos ver en la penumbra así como juncos secos que nos laceraban las manos al intentar cortarlos; pero la alegría de una fogata nocturna frente al océano borraba todas las dificultades. Él, primero, cavó un agujero en la arena. Arrugó luego algunas hojas de la revista de mi madre con las que tapizó el fondo, colocó encima las ramas y juncos secos y después añadió las piñas que traía en la bolsa de tela; por fin prendió el fuego con el extremo de un palo seco que había encendido con su mechero de yesca. Las llamas brotaron con fuerza, avivadas por el aire. Los chasquidos de las piñas destacaban sobre el crepitar del fuego.
Absortos por el baile del fuego, cenamos en silencio. Estuvimos así un largo momento. Los ojos, fijos en las llamas, brillaban en la oscuridad.
El tiempo quedó suspendido.
De pronto, la voz grave de mi padre surgió de las tinieblas:
“¿En dónde están los náufragos de las noches oscuras?”
Este verso adquirió en la negrura el dramatismo de un quejido.
Sentí cómo se me erizaba el vello de los brazos.
Ninguna noche de mi vida quedó grabada tan a fuego en mi memoria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario