VOYEUR
Han llegado los nuevos inquilinos.
Toda la casa está ordenada y, como parecía, el cuartito lo han dejado como almacén. Me resulta inconcebible que el mejor espacio de la casa lo hayan convertido, casi en un trastero. Desde mi observatorio he disfrutado de horas y horas de amor. Amor tierno, pasional; amores prohibidos, incestuosos; amor compartido, forzado, solitario. He disfrutado con la lectura de niños y mayores. He compartido conciliábulos familiares. He vigilado a convalecientes. Hasta he olido, a través de mi pequeño observatorio, los aromas de tantas cenas. En más de una ocasión he tenido que salir a comprar champán para celebrar y compartir algo con mis vecinos.
Y, ahora, no voy a consentir que esta pequeña habitación, con un balcón modernista, que mira a la parte más recoleta del jardín comunitario, sea utilizada como almacén.
Gracias a la cláusula más importante del contrato, que impide a los inquilinos poner nada delante del trampantojo que oculta mi observatorio, nadie, hasta ahora, me ha privado de mi placer oculto.
Según obliga la ley, no me queda otro remedio que dejar pasar un año, pero si en ese tiempo, mi vigilancia no es recompensada de alguna manera, el contrato será rescindido.
Mientras tanto, intentaré solazarme con los prismáticos nuevos que me permiten sentir al alcance de mi mano a la vecina de enfrente, aunque, después de 20 años, la tenga tan vista.
No hay comentarios:
Publicar un comentario