Lucía y María, dos mujeres de unos cincuenta años, se encuentran en la puerta de un teatro de Madrid.
Ambas, al verse, se funden en un abrazo.
Lucía se separa de ella y le da una vuelta, mirándola de arriba abajo.
LUCÍA. —¡Pero que alegría verte! ¿Qué feliz soy! ¡Benditas redes sociales que nos han permitido retomar el contacto!
MARÍA. — ¡Qué alegría! Estás como siempre de guapa. Aunque no me sorprende, viendo tus fotos de Facebook, ya sabía que estabas genial. Conservas la talla 38 que tenías en el instituto, ¿a qué sí?
LUCÍA. — ¡Qué buen ojo tienes! Tú también estás como siempre. Estás guapísima y maravillosa. ¡Por fin puedo abrazar a mi mejor amiga!
Se abrazan de nuevo y ríen. María se retira y mira a Lucía.
MARÍA. —Me alegro de verte, la verdad, pero tampoco quiero exagerar una alegría infinita porque no nos vemos desde hace más de veinte años, casi treinta más bien y si nos hemos vuelto a ver ha sido por las redes sociales. Así que no exageremos.
LUCÍA. —Yo no estoy exagerando para nada. Estamos aquí porque queremos. Nos conocemos de toda la vida y nos queremos. Tú estás de visita en Madrid, yo vivo aquí, y hemos quedado. No importa el medio por el que me he enterado de que estabas aquí, lo que me encanta es que hayamos podido vernos. ¿O no?
MARÍA. —Claro, claro. Perdona mi brusquedad, pero es que no me acostumbro a verte. Han pasado muchos años. Al principio mandabas alguna postal, pero después todo se acabó. No sé por qué, nunca lo he sabido y siempre me lo he preguntado.
María la coge de la mano.
LUCÍA. —Las cosas que pasan... y pasa un año, dos, tres...y cuando te das cuenta cumples cincuenta y ya eres otra.
María la suelta de la mano.
MARÍA. —Sí. Somos otras personas. Dicen que cada día renacemos. Por lo tanto, no nos conocemos.
LUCÍA. —¡Qué fácil decir eso! ¿Tú no me conoces desde los cinco años? ¿Lo vas a negar? ¿Tú no sabes cómo soy?
MARÍA. — Pues no, yo no sé cómo eres ahora. Ahora eres Lucía, pediatra, divorciada, no vas nunca por nuestro pueblo a pesar de tener casa, y... y... ni siquiera vas a los entierros...ni a los que deberías.
Lucía se acerca a María y la abraza.
LUCÍA. —Lo siento mi niña pequeña. Tendrás que perdonarme, pero cuando me enteré de lo de tu madre no supe qué hacer, ni qué decir. Lo siento.
MARÍA. —Me lo imagino... pero cuando vi aparecer a Fernando, Lucy y a Toñi y a ti no, me dio mucha rabia. Sentí que me habías defraudado como amiga, que me había equivocado contigo tanto yo como mi madre, que siempre te consideró especial. ¡Con la de bocadillos y bizcochos que nos hacía ¡¿Te acuerdas?
LUCÍA. — Claro que me acuerdo. Hacía un bizcocho de zanahoria irresistible. ¿Y los bocadillos que nos hacía cuando me quedaba a estudiar contigo por las noches?
MARÍA. —Sí. Mi madre siempre fue muy buena conmigo y con mis amigas.
María baja la cabeza y Lucía le coge la mano.
LUCÍA. —¿Te acuerdas cuando nos pilló fumando y nos montó un pollo? Nos hizo jurar que nunca fumaríamos, que eso lo hacían las mujeres queriendo demostrar que eran modernas, pero que eso no era moderno, eso era cosa de hombres.
Las dos rieron agarrándose del brazo.
MARÍA. — Nunca viniste a visitarla, ni a mí, ni a ella. Y yo siempre he vivido en el pueblo. Ella estaba muy contenta por haber cogido allí mi plaza de maestra. Decía que así ahorraba en niñeras y en gasolina.
Ríen de nuevo
LUCÍA. — Conservo una bufanda color lila que me hizo a juego con un gorro. A ti te la hizo igual de color rojo. Lo llamaba color lila, no violeta. A veces me la pongo cuando voy a la sierra.
MARÍA. — A la sierra de Madrid porque a la sierra de Málaga no vas. En la sierra fue donde nos vino por primera vez la regla. A las dos el mismo día. No sabíamos qué hacer. Menos mal que la monitora nos ayudó.
LUCÍA. — Es curioso lo del mismo día. ¿En qué curso estábamos, en séptimo o en octavo?
MARÍA. — En octavo. Por eso estábamos de excursión. Mi madre tuvo que hablar con la tuya para convencerla de que te dejaran ir. Tu padre, al parecer, no estaba muy convencido.
LUCÍA. — Mi padre siempre igual, autoritario y anticuado. El pobre murió joven. Pienso poco en él. Creo que no me gustaba demasiado.
MARÍA. — Tú siempre tan fría y tan sincera. Diciendo eso pareces de corcho, igual que siempre. Cuando te dejó Javier, igual, parecía que te daba lo mismo. Todas amargadas y tú tan fresca.
LUCÍA. — ¿No dices que no me conoces?
Ríen y se abrazan.
MARÍA. — ¿Y qué hacemos aquí? —dice María señalando el cartel. La obra empieza a las ocho.
LUCÍA. — Lee el nombre de la actriz principal.
María abre el bolso y saca unas gafas riéndose.
MARÍA. — ¡No veo sin gafas! —responde María y lee el nombre. Amelia Cruz ¿Amelia Cruz es nuestra Amalia Santacruz? Lo digo por la foto que se le parece. De ella sí que no sé nada, ni por internet, pero no me extraña, ha cambiado el nombre. Esta chica siempre fue rara. Me acuerdo de que una vez tú le tiraste un vaso de agua encima y se enfadó muchísimo.
LUCÍA. — He quedado aquí con ella. Va a venir a saludarnos antes de la actuación.
Amelia sale del teatro sonriendo. Con los brazos abiertos se dirige a María y María responde, reconociéndola, de la misma manera.
MARÍA. — ¡Qué bien! ¡Qué guapa estás tú también! ¿No saludas a Lucía? ¿Vosotras ya os habéis visto antes?
LUCÍA. — Sí, nosotras nos vemos cada día. Ella era rara, como tú dices, y yo también.
Lucía le da un beso a Amelia cogiéndole la mano.
MARÍA. — Entiendo. Entiendo. Una imagen vale más que mil palabras. Ahora entiendo todo. Pero no confiar en mí no te lo perdono, no os lo perdono —dice, quitándose las gafas y abrazando a sus dos amigas.
Muy bien llevada, todo muy ágil y entretenida.
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