lunes, 24 de enero de 2022

Ejercicio 3C - María José Ventaja

La piedra ámbar

He regresado a mi casa de Córdoba. El perfume de azahar aún pervive en los cuartos de la casa, adherido a la piel mohosa y sangrante de los muros verde hierro retenidos en pie a duras penas por la reminiscencia de un tiempo pasado, ahora deshabitados de vida. He salido al patio y he subido a la azotea donde el calor es aún más penoso, más sofocante, y más agotador que la orfandad de aquella felicidad perdida. He sentido que mi madre estaba junto a mi, que me susurraba viejos poemas de enamoradas princesas almohades, que enlazaba con su mano la mía, apoyando en la barandilla nuestros cuerpos, húmedos de sol, para ver cómo caía la tarde desde la campiña hasta la sierra sultana. Ella miraba al infinito, lo contemplaba entre melancólicos suspiros y, como yo, quería retener el aroma de los naranjos que escalaba por las rejas desde el patio. El último día, los raros vientos del este y del oeste le acariciaban el pelo como si fueran los aires revoltosos de la primavera más temprana. Con su recuerdo en los ojos, he bajado al patio. He descalzado los pies sedientos de acomodarse al suelo de una tierra que le es tan propia como cuna que acoge a criatura en su nacimiento; anhelan deslizarse sobre el musgo verde pálido que recompone los añicos de las losas deslucidas de sus tintes brillantes; pisar, con el peso de la añoranza, los coloridos azulejos del jardín, otrora limpio como jaspe, que soportaban los extraviados juegos infantiles.
    En mi antiguo dormitorio, he descubierto algún antiguo objeto que en el ayer perdiera su importancia por el presuroso partir de hace veinte años. Retirando telarañas y lazos de polvo concentrado, ha aparecido una fotografía tomada en la puerta del Perdón; mi madre y yo agarrados por la cintura. No he podido sino ofrecerle un beso intenso e insonoro que ha humedecido nuestras figuras como si estuviéramos empapados de la lluvia, imperceptiblemente fina y transparente, que refulgía como brillantes colgados en el aire del patio de los naranjos aquel día.
    He visitado la Mezquita más de una docena de veces; siempre rodeado de gente, con mis hermanos, con el colegio, y con alguna novia; siempre el bullicio del visitante respetuoso o maleducado, los pasos inciertos o decididos, las exclamaciones desafortunadas sobre las ordinarias explicaciones que aventuraban los guías. Mi madre sí estuvo sola, exclusiva y sorprendentemente sola. Ella me habló de un silencio inmenso e inconmensurable que te abraza entre sus columnas infinitas, de un misterio ancestral y mágico que se hace omnipresente desde que cruzas bajo el primer arco de ese oasis de piedra tallada. «El silencio se puede tocar, se pasea contigo y te acaricia» decía. Yo pude sentirlo una vez.
    Todos los paseos de mi madre acababan en la Mezquita. Salía de casa con el festivo donaire de sus vaporosos vestidos de seda e hilo, con los labios pincelados de rosa jacarandoso, purpúreos los ojos y un rubor perlado en las mejillas. A menudo, regresaba triste y desalmada, como vacía de pena y llanto. Yo no podía dejar de pensar en lo extraño de aquellos paseos de tintineantes mañanas soleadas que tanto le dañaban en la cara y en el alma. El misterio del que se rodeaba nos hacía tenerle un amor espumoso y adictivo, y un respeto casi espiritual, una devota adoración sin duda ni reparos terrenales. Yo creía que era un ser fantástico en toda la extensión de la palabra. No era una madre como las de mis amigos, no era una persona corriente. Nunca nos permitió indagar en sus rincones, ni de la casa ni de su corazón. Yo, que era un cotilla empedernido, y que todo lo concerniente a mi madre me causaba una fascinación irremediable, una mañana que estaba enfermo y ella en su paseo diario, asalté su santuario. Atravesar aquella puerta significaba atentar contra la divina providencia en forma de mujer. Con solo tocar la manecilla de bronce de la puerta sentí como la Tierra temblaba, como el fuego emanaba de su núcleo enfurecido, el picaporte de la puerta se hacía garra, una garfa infernalmente aterradora que amenazaba con engancharme, para devolverme a las fauces de un ígneo submundo incandescente y despiadadamente voraz con los niños fisgones, y tragarme y castigarme, encerrándome por siempre como figura de arcilla en su vientre. Creí que si daba un solo paso me derretiría, y solo asomé la cabeza. Mi vista alcanzó hasta la colcha que cubría la cama; una laberíntica colcha bordada con brillantes figuras de damas antiguas de sombrilla y tafetanes sentadas sobre cenadores y almohadas, caballeros de faldón y levita se arrodillaban y lisonjeaban unos con otros en variados matices de tonos verdes y amarillos, como pulidos por diamante de seda, cuando noté que un haz iridiscente y vertical surgía desde un algo inconcreto de aquel jardín celestial hasta el techo de su cámara, ensortijando dibujos caleidoscópicos unos tras otros hasta el punto de emborrarme las pupilas por exceso de colores, me atreví a acercarme. El algo inconcreto era una como una piedra de ámbar, de indefinida geometría y del tamaño exacto que abarca un puño, intensamente cerrado; tan cerrado que dejó marca en la palma de la mano, lo solté sobre la colcha y salí corriendo. Nada hizo presagiar nada en el carácter plácido y sereno de los días posteriores, todo era igual de vulgar y rutinario en la casa, y, en mi madre igual de delicioso y divino. 
Una mañana temprano de verano, que mis hermanos aún estudiaban para sus exámenes y yo, mucho menor que ellos, ya tenía vacaciones escolares, llamé a la puerta de la habitación de mi madre. Escuché «¡Adelante, cariño!», abrí con tiento y entré con recelo, mi madre se volvió a mirarme.
    —¿A dónde vas, mamá?
    —Vamos a dar un paseo hasta la Mezquita y luego te invito a tomar un limón granizado.
    Aquel imprevisto empleo del plural que me incluía en el paseo de mi madre me encendió hasta los ojos. Como una exhalación me quité el pijama, me lavé la cara con esmero para no dejar restos de legañas y me peiné marcando la raya tan recta como una regla sobre el pelo empapado en agua de colonia de heno, me vestí y me calcé unas cómodas bambas que, un segundo más tarde cambié por unos mocasines, que instantes después deseché y volví a las impolutas blancas bambas primigenias. Mi madre, antes de salir a la calle, siempre nos miraba los zapatos; no soy capaz de adivinar el porqué ni las veces que, a mis hermanos y a mí, nos hizo dar media vuelta para cambiárnoslos. Aquel día, mi madre me miró de arriba abajo, observó mis zapatillas y no me dijo nada. Mi madre olía como un inmenso naranjal en primavera, a sauco y a lilas, a nardos y a jazmín, estaba tan radiante que ofendía el mirarla; yo caminaba altanero, orgulloso y pequeño a su lado.
    —Mamá, ¡qué guapa eres!
    Al bajar por la calle de la feria nos agarramos por la cintura, como dos enamorados, y yo sentía que el mundo entero era tremendamente insignificante a nuestro lado. En el patio de los naranjos un golpe de realidad humana nos taladró todos los sentidos; cáscaras de pipas, colillas y otras basuras se acumulaban sobre el empedrado; ruidos de voces y de teléfonos ensordecían el canto de gorriones y golondrinas; una muchedumbre de razas y creencias se amontonaba delante del cordón que les impedía el paso, sin el apropiado recibo de pago, se concentraban divididos en grupos que se arremolinaban bajo el desbaratado y feísimo estandarte que un guía autorizado sujetaba con evidente hartazgo. 
    La mano abierta y poderosa de mi madre me arrastró hacia una puerta lateral del cabildo, mientras miles de tubos del órgano catedralicio anunciaban la Tercia litúrgica para la misa conventual. Asombroso e insospechado fue el comportamiento de mi madre tras la que entré, me escondí y corrí, encontrándome de sopetón en el mismo centro de la capilla Mayor, primera intervención cristiana del edificio.     Mi madre casi nunca entraba en la iglesia-catedral salvo por ineludibles compromisos. Entonces ella les explicaba que de aquella parte cristiana sólo era digno de destacar la sillería del coro, ya que, de su famoso órgano sinfónico, de numerosos tubos y juegos reales, solo la corneta imperial conservaba el respeto por el arte de los antiguos constructores organeros. Creo que si mi madre tuviera ante sí al emperador Carlos V le haría quitar, con sus propias manos, piedra a piedra, la inapropiada catedral de aquel lugar y llevársela al medio de la campiña.
    —Estoy sudando —le dije.
    —Ahora es el momento —dijo ella.
    Sacó del bolsillo un paño blanco con algunas inscripciones bordadas, lo abrió y dejó al descubierto una piedra ámbar que me produjo un sofoco insoportable. Me mareé, posiblemente por ver la piedra de mi pecado en la mano de mi madre, por el bochornoso ardor que sentía en el estómago, por la canícula que respiraba allí dentro a pesar de sentir en la piel el frío de la oscuridad de los muros, por la excitación frenética del atrevimiento -no sé si ilegal o provocativo-, pero, en cualquier caso, todo aquello me parecía inconvenientemente irrespetuoso y, racionalmente, no lograba considerar siquiera como posible. O fue todo a la misma vez, o algo extrañamente sucedió a mi madre ante mí, estando yo con la consciencia ausente.
    Con la piedra ámbar presa de su mano, empezó a caminar muy despacio entre las columnas, zigzagueando, moviéndose etérea, ella sin darse cuenta de que yo estaba a su lado y yo sin estar físicamente con ella. Supe que tenía que estar callado, aunque no sabía si podría pronunciar alguna palabra, pero no me atreví a emplear otro sentido que el de la vista, si es que mi cerebro mandaba alguna orden a mis pupilas. Se dirigió hacia el mihrab con los pasos a dos cuartas sobre suelo, se arrodilló en el aire y poco a poco fue extendiendo el cuerpo hacia delante hasta que finalmente quedó totalmente tendida con el cuerpo hacia abajo. El cabello caía, le cubría la cabeza e impedía verle la cara. Yo la miraba y miraba a mí alrededor buscando un alma que me dijera qué estaba ocurriendo. No había nadie, no oía nada, todo estaba en penumbra y el vacío comenzó a llenarme de miedo. El aire se hacía denso, escuchaba mi respiración agitada entre susurros como oraciones que provenían de detrás de cada columna. No quité la vista de mi madre temiendo que si respiraba siquiera pudiera a desaparecer.     Empecé a tener frío y a temblar. Las columnas comenzaron a multiplicarse. El espacio se hacía infinito y la salida quedaba muy lejos. La angustia me penetró y cerré los ojos. Un olor a naranja se hizo intenso y penetrante, podía paladear el dulzor ácido de su carne brocada. Escuché abrir una puerta, busqué a mi madre en el aire y en el suelo y no estaba. Sentí los latidos del corazón que martilleaban en mis sienes. Alguien me cogía de la mano, me daba un beso en la frente. El aire olía más fresco, un perfume suave y agradable me abrió los ojos, vi los de mi madre frente a mí, eran más verdes que nunca, parecían azules. La abracé fuerte y dejé que mis lágrimas se derramaran sobre su vestido blanco.
    —¡Mamá, he pasado tanto miedo!
    —¡Vamos, es hora de irnos a tomar esa limonada!
    El sol de la tarde ya apenas calentaba, yo seguía teniendo frío. De poco en poco miraba su cara, parecía que algo había cambiado en ella, pero no sabría decir qué.

2 comentarios:

  1. No veo mucho barroco, pero me gusta la sobriedad con la que está escrito

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  2. Me has trasladado a los Cuentos de la Alhambra. Hay algunos detalles que me encantan, por ejemplo, los labios pintados de rosa jacarandoso.

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