Lucila
De ambarino
enjambre
lucían sus cabellos
que trenzados
sus rizos enmarcaban,
cubría el voluptuoso capitel
de su cabeza
con velo fino
tejido en oropel y rica seda.
Torbellino de
telares
era su atuendo,
tornasolada agitación, centelleante,
y un aroma a incienso y a jazmines
dispensaba a su paso, trepidante.
Por millares se
contaban
sus encantos, sus dones infinitos
eran
más un secreto impune
la acosaba
condenándola al insomnio
a horas postreras.
La vida se le iba
con tal secreto
y cual pavesa en llama se intuía,
ardiente,
apasionada en su atalaya
que dejaría de lucir
llegado el día.
Ay, Lucila, fuego
fatuo,
más falsa que el metal bruñido eres
todo vanidad, todo mentira:
en tu interior,
cual sarpullido,
la inmundicia de tu mugre brota.
Que bien. Es barroco, te ha salido genial
ResponderEliminarMe gusta mucho. Deberías quitar el acento del “ más un secreto impune” porque hace que se lea mal el poema y pierda la cadencia, obligando a repetir la lectura. Pero, salvo esa tontería, me encanta.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarCierto, Andrea, ese mas no lleva acento :)
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