Iluminada
Ejercicio 2 B – Teatro
Las
historias de una tal con caperuza
Personajes:
Caperucita y la Princesa de “La princesa y el guisante”
Caperucita
aparece por delante del telón. Es de noche.
CAPERUCITA. — (soliloquio) Acabo de desviarme más de
la cuenta, estoy entrando en otro sitio ¿Qué es aquello? ¿Un castillo? ¡Madre
mía! ¡Otra vez me he pasado ocho pueblos! Bueno, es mi condición desviarme del camino.
No veo ni a jurar, amenaza tormenta, espero que no se me destiña o se encoja la
caperuza. Esto de ser un personaje es lo que tiene: siempre con las insignias
puestas y del mismo modo a todas partes ¡con lo que me gusta salirme del tiesto
y variar! Voy a colarme con esos que vuelven de trabajar en el campo.
Caperucita sale por el lado opuesto al que entró y se abre el telón, después de que se oigan unas voces -“acomódate hija, abrígate que venías empapada”- en escena hay una cama con muchos colchones y una chica acostada. Da vueltas no encuentra la postura, está incomoda. Se sienta en la cama y mira alrededor y ve a Caperucita acostada en el suelo.
PRINCESA ֊֊ ¡Cáspita! ¿Quién
es vuesa merced; qué hace al pie de mi lecho principesco? ¡Nadie me dijo que
habría contrincantes!
CAPERUCITA. — ¡¿Qué
pasa?! Ah eres tú. ¿Qué dices? Le rindo mis honores, princesita; no se preocupe
vuesa merced. En mis ámbitos no me toca desposarme.
PRINCESA. — Pues en mis
ámbitos, perdóneme pero vuesa merced no tendría que presentarse, me tiene
atónita y creo que me va a dar un cólico miserere o algo, me juego mi futuro,
el futuro de mis hijos y descendencias.
CAPERUCITA. — ¡Bueno, bueno…
qué obsesión! Claro, la entiendo, no crea, se ha quedado un poco desfasada y el
príncipe es el equivalente a las oposiciones. Oye, te voy a tutear, que esto de
vuesa merced es un coña.., perdón, un rollo, no no, digo engorroso... ¡Chica,
es que soy plebeya!
PRINCESA. — ¡¿Qué dices de
oposición; quién se opone!? ¡Por Dios y Todos los Santos! ¡¿Quién se opone!?
CAPERUCITA. — No te pongas
histérica. Para de respirar así. Tranquila. A ver… yo me he salido de la linde,
estoy transitando por las historias y llegué hasta aquí. ¡Eso es todo!
PRINCESA. — ¿De qué hablas? ¡Ya!
Crees que yo me chupo el dedo.
CAPERUCITA. — Bueno, pues si
te quedas más tranquila, aunque esté diluviando me iré, donde la Cenicienta, es
menos paranoica.
PRINCESA. — ¿Qué me has
llamado, parano y qué? ¿Me estás insultando? ¿Una cenicienta? ¿Me estás
embrujando en plan cenizo? ¿Qué es esto, qué pasa?
CAPERUCITA. — Ayyyyy… Ejem…
No, no,… no alborotes, vas a despertar a los de palacio. Mira que tu futura
suegra es muy tiquismiquis y exigente. Cuidado que aún no tienes el asunto bien
atado. Tranquila. He querido decir, que eres muy nerviosa y desconfiada – ¡Por
favor! qué inculta, la pobre -.
PRINCESA. — De acuerdo, no te
vayas, pero a la mínima grito y te llevarán a las mazmorras, diré que eres una
ladrona.
(Caperucita
suspira y mira al público buscando complicidad)
CAPERUCITA. —Vamos a
relajarnos y a dormir ¡Ah no! ¡Que tú no vas a dormir! ¡Qué noche más largaaaa! Menos mal que yo mañana me
marcho con viento fresco. ¡Qué mal lugar para pasar la noche he elegido! ¡Deben
ser los siglos que me empiezan a pasar factura!
PRINCESA. — ¡Qué raro hablas!
Hay algo muy incómodo en esta cama. ¡Y con tu aparición cualquiera pega ojo!
CAPERUCITA. —Bueno, te voy a
contar unas aventurillas así nos entretenemos un poco.
Como ya te he dicho, me he
desviado de mi historia. Ah y no temas, no me interesa el príncipe; demasiado
bobalicón, con perdón, para mi gusto. Te explico: soy una especie de
transumante…
PRINCESA. —Trans… ¿qué?
CAPERUCITA. —Nada, déjalo. Se
me olvidó que las princesitas no habéis ido a la escuela y tenéis un
vocabulario reducido. Disculpa. Quiero decir que me gusta escaparme de mi
historia e ir a vivir otras experiencias. Una inconformista-saltanormas, vaya.
Como ves, me han ideado
jovencita, lo que ahora llaman adolescente (eso tampoco lo sabrás, pero no
importa). Y un día de comienzos de otoño mi madre me envió con la cesta a
llevarle algunas cosas a mi abuela que estaba acatarrada en la cama. Empecé a
sentirme con ganas de contrariar los consejos de mi madre.
Era un bla bla bla muy
cansino: que no hables con extraños, que ya eres mocita y los chicos son muy
malos, que te abrigues bien, ponte la caperuza, vete por el sendero, no cruces
el bosque… En fin… menuda retahíla cada vez que me dejaba salir o me enviaba a
recados.
Así que ese día en mi
recurrente afán de hacer lo contrario me fui por la orilla del río y me
encontré con dos niños que decían llamarse Hansel y Gretel.
Iban lloriqueando: que se
habían perdido, que habían comido de una casa que tenía la fachada de chocolate
y que habían vomitado del empacho que se cogieron, que si la bruja esto y lo
otro… ¡Madre mía que pena de criaturas!… que si las miguitas de pan que habían
ido echando los malvados pájaros se las habían comido. ¡De verdad! ¿Qué
esperaban? ¡Mira que echar migas de pan! ¡Serán tontos! Pensé.
Así que les dije: veniros
conmigo, seguro que encontraremos a alguien que os conozca… o vamos al pueblo o
yo que sé… que no sufráis, que todo tiene solución.
¡Ah! Pero hete aquí que de
repente aparece un lobo. Ahí sí que se montó una gorda. Se agarraron a mí
gritando y llorando, no podía moverme. El lobo se acercaba como relamiéndose y
solo acerté a gritar ¡auxilio, ayuda! Y aparecen unos enanos con picos y palas,
uno de ellos -con una alergia ¡del quince! - estornudando sin parar. El lobo no
sabía dónde mirar. Detrás de unos matorrales surgieron disparos. Hubo una
dispersión total. Corrimos por donde pudimos. Los enanos se tiraron al río. Los
niños desaparecieron. El lobo huyó. El de los disparos, - que todo hay que
decirlo - era un cazador de muy buen ver, se ofreció a acompañarme a la casa de
mi abuela.
Y fíjate ¡como son las cosas!
Tuvimos un largo romance a escondidas, claro… ya te he dicho como era mi
madre;… y bueno… ejem… y porque… él estaba casado.
Me cansé, lo dejé cuando
estalló la guerra y me fui de voluntaria y allí conocí el paciente inglés. Pero
esa historia te la cuento otro día, que es muy larga y ya me entra sueño.
PRINCESA. — No se te entiende
nada, así no vas a encontrar el chico con el que comer perdices. Le gustan las
chicas finas.
CAPERUCITA. — Que sí, que sí… ¡anda
que no me quedan aventuras!… Eso, eso…colorín, colorado, este cuento por ahora,
se ha acabado; y no soy ni feliz ni infeliz; no me he casado, pero he comido
alguna que otra perdiz.
¡Hala! Bonita, sigue buscando
la postura.
Por cierto, lo que te molesta
es un guisante. Buenas noches.
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esto es reescribir un cuento y gracioso, lo del "barroco"
ResponderEliminarEstupendo, Iluminada. Tu tránsito por los diferentes cuentos, buenísimo. Me encanta.
ResponderEliminarQué bueno! Me ha parecido de lo más ingenioso. Sólo que más que barroquismo veo un tono arcaico. Pero no quita para que lo haya disfrutado mucho.
ResponderEliminarSí que enlazas con gracia los cuentos y sus conflictos de intereses. Caperucita gana por puntos, jajaja. me encanta el cierre del texto "¡Hala! Bonita, sigue buscando la postura.Por cierto, lo que te molesta es un guisante. Buenas noches."
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