lunes, 17 de enero de 2022

Ejercicio 1B- Rocío de Juan

REBAÑOCRACIA

Cómo me miraban las tres —Jessica, Julia y Jana—, seguro que pensaban que me iba a echar atrás, que no sería capaz de darle la espalda a la única persona que hasta ayer parecía saber que yo no era invisible, que sin ser mi amiga al menos me trataba con respeto. 

La troika, o las «mandamasas» del instituto, como también las llamaban, me habían pedido que me volviera en contra de Elena, que me uniera a su campaña de bullying, y, a cambio, me prometieron que yo saldría del anonimato, que me convertiría en una de ellas. Me lo imaginé. Dejaría de ser ese bicho raro al que le ponían zancadillas por los pasillos del instituto o a la que golpeaban por descuido la cara para tirarle las gafas al suelo, o le lanzaban insultos, tan ridículos como eficaces a la hora de destruir la autoestima. A cambio, recibiría lecciones gratuitas de cómo aprender a vestir mejor, maquillarme, peinarme y dejar de ser una sosa. 

Sí, lo sé, en las películas Disney las buenecitas hacen frente común contra las malas y acaban dando una lección ética, pero yo he decidido desvincularme de Elena y unirme al grupo de las degradadas moralmente, las que en mis adentros llamo «rebañocracia». Eso es lo interesante: yo quiero pertenecer a la rebañocracia, me he dado cuenta de que más me vale estar entre la muchedumbre de los estúpidos —pero que tienen el poder— que en la minoría inteligente —pero que se ven tan pisoteados que llegan a creerse tan inútiles como les dicen—. 

Así que esta misma mañana le he hecho la zancadilla a Elena, me ha mirado con ojos de «Bruto, ¿tú también?», y cuando se lo cuento con estas palabras a Jessica y veo que no entiende la diferencia, encuentro la segunda ventaja de estar en la rebañocracia sin ser estúpida. Cada vez que una de las de la troika abre la boca ante uno de mis discursitos y dice: «¿Quéééé?», yo me la imagino con rostro ojos de carnero y balando con suavidad: «¿Beeeee?».

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