3C.-Relato
Cambios de cuadro
Andrés se dirigía a la escuela primaria cada día para
impartir clases de historia en el instituto de la ciudad. La niebla desdibujaba
el entorno a modo de sueño, cuando un coche impactó sobre él recibiendo un
golpe cervical contra el asfalto.
La esposa, Maika, recibió una de las peores noticias que se
podrían dar a una embarazada en los últimos dos meses de gestación del
primogénito. De una forma u otra, permanecieron en el hospital el tiempo
correspondiente a un parto prematuro y a una lesión medular que solo le permitía
mover la cabeza.
Una vez en casa, él permanecía en el cuarto, desesperado
por su dependencia y la tardanza de los técnicos que colocarían un televisor y
sistema informático con controles adecuados a su situación. Como demoraría
varios meses a causa de la pandemia, decidió pedir girar la cama articulada y
correr las cortinas.
El cuarto de invitados fue improvisado como enfermería. Era
pequeño, con pocos adornos, salvo la ventana de dos metros que representaba un
cuadro paisajístico. Desde ella se divisaba el jardín propio, detrás la verja
metálica que dejaba ver los jardines vecinos, otras casas y parte de la
calzada.
El sol desapareció del cuadro, el cual se transformó en un
espejo nocturno. Desde su lecho podía ver cada día diferente sin tener que
mover un dedo, bastaba con recrearse en observar.
Así, al despertar, vio como un gato negro con manchas
blancas saltaba con pachorra de un balcón a la cornisa contigua y se introducía
por una ventana entreabierta. A los pocos minutos volvió a salir con una
rapidez estrepitosa. Andrés se preguntaba quien viviría allí.
El ruido de otra persiana le hizo dirigir la mirada en esa
dirección. Un hombre con media melena muy despeinada, de unos cincuenta años,
levantaba los brazos, se desperezaba y sacaba la cabeza para mirar al cielo.
Volvió a entrar y desapareció.
Estaba distraído al ver como el gato seguía deambulando de
un lado a otro, como funcionario desesperado en busca del primer café matutino,
no pudo ver la cara de la chica que abrió la única puerta que era capaz de
divisar desde la cama. El pelo lo tenía rubio, recogido en una especie de moño.
El paso ligero no le impedían caer de sus tacones de aguja.
El trance observatorio fue interrumpido por la llegada del
equipo de fisioterapia que intentaría dar algo de movilidad a alguno de los
cientos de músculos que permanecían en huelga.
Por encima de una de las mascarillas, las pestañas
engrosadas por máscara negra embellecían unos amables ojos azules femeninos. El
otro, con pijama sanitario blanco de manga corta dejaba entrever unos bíceps masculinos
tatuados que parecían acostumbrados a levantar pesos muertos.
La hora del almuerzo era complicada por la dificultad de
deglutir, si bien, había aprendido a cerrar los ojos y disfrutar de los olores:
yogurt de macedonia, puré de carne estofada, batido proteínico de vainilla. Todo
esto regado con el perfume infantil de su bebé al acercarse.
En la siesta soñaba con tiempos pasados cuando se quejaba
por el dolor de alguno de sus músculos al que presionaba sin descanso para que
cumpliera el objetivo marcado. Con frecuencia se despertaba con el llanto del
pequeño que reclamaba la atención de mamá.
Las diferentes horas de la tarde provocaban un sinfín de
perspectivas, según la orientación de la luz. Era cuando veía con más claridad
quien se escondía detrás de los vidrios encortinados de enfrente.
Un coche frenó súbitamente para evitar atropellar al felino
que decidió saltar a la carretera como adolescente que se escapa de casa para
encontrarse a escondidas con su amada.
El ruido hizo que varios vecinos observaran desde las ventanas.
El dueño del gato lo llamó con insistencia mostrando una bolsa de comida seca
que movía para atraer su atención. Era un chico joven de unos treinta años,
bien vestido.
Todos los días era una película diferente. Se había
enganchado da una novela de la cual le costaba prescindir. El capítulo terminaba
cuando las farolas eran encendidas y su mujer cerraba las cortinas para evitar
que, desde fuera, alguien divisara su cambio de pañales.
Mientras veía crecer a su hijo, consiguió pequeñas
movilidades que le permitieron sentarse en una silla de ruedas por pequeños
periodos. Esto le sacaba del mundo que había creado.
Con el tiempo, supo cuando el cincuentón despeinado estaba
triste porque no levantaba los brazos. O si la chica rubia había roto el corazón
de algún pretendiente, incluso cuando volvía sola a casa.
El gato pasaba menos tiempo en la calle y, acudía rápido a
la llamada de la prometida del dueño. Los vio abrazados una tarde después de que
el chico le diera algo que la hizo llorar y asentir con la cabeza.
Cuando las obras de reformas de adaptación de la casa
empezaron y él tuvo que salir del cuarto de invitados, no se pudo llevar la
única televisión por la que había tenido interés todo el tiempo. Las otras
ventanas de la casa daban a otras series de novelas.
La de la sala, por ejemplo, ofrecía un espectáculo de dos
plantas de oficinas. Los actores se darían a conocer en unos días. Ellos no
trabajaban por la noche. Al día siguiente, empezaría el primer capítulo.
Me ha gustado muchísimo (aunque no veo del todo el conflicto y los objetivos del personaje y cómo conseguirlos... Pero me da igual, me ha atrapado la lectura🙂)
ResponderEliminarAh, no había entendio así el relato. Pensé que observábamos alguna cosa y desde ahí escribíamos un relato. Oh
ResponderEliminarMe ha gustado mucho que”otras ventanas de la casa daban a otras series de novelas”
ResponderEliminarMuy bien conseguido el batiburillo de ideas. Inhorabuena.
ResponderEliminarJob
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