jueves, 27 de enero de 2022

3C.-Relato. MªCarmen Gamero

 

3C.-Relato

Cambios de cuadro

 

Andrés se dirigía a la escuela primaria cada día para impartir clases de historia en el instituto de la ciudad. La niebla desdibujaba el entorno a modo de sueño, cuando un coche impactó sobre él recibiendo un golpe cervical contra el asfalto.

La esposa, Maika, recibió una de las peores noticias que se podrían dar a una embarazada en los últimos dos meses de gestación del primogénito. De una forma u otra, permanecieron en el hospital el tiempo correspondiente a un parto prematuro y a una lesión medular que solo le permitía mover la cabeza.

Una vez en casa, él permanecía en el cuarto, desesperado por su dependencia y la tardanza de los técnicos que colocarían un televisor y sistema informático con controles adecuados a su situación. Como demoraría varios meses a causa de la pandemia, decidió pedir girar la cama articulada y correr las cortinas.

El cuarto de invitados fue improvisado como enfermería. Era pequeño, con pocos adornos, salvo la ventana de dos metros que representaba un cuadro paisajístico. Desde ella se divisaba el jardín propio, detrás la verja metálica que dejaba ver los jardines vecinos, otras casas y parte de la calzada.

El sol desapareció del cuadro, el cual se transformó en un espejo nocturno. Desde su lecho podía ver cada día diferente sin tener que mover un dedo, bastaba con recrearse en observar.

Así, al despertar, vio como un gato negro con manchas blancas saltaba con pachorra de un balcón a la cornisa contigua y se introducía por una ventana entreabierta. A los pocos minutos volvió a salir con una rapidez estrepitosa. Andrés se preguntaba quien viviría allí.

El ruido de otra persiana le hizo dirigir la mirada en esa dirección. Un hombre con media melena muy despeinada, de unos cincuenta años, levantaba los brazos, se desperezaba y sacaba la cabeza para mirar al cielo. Volvió a entrar y desapareció.

Estaba distraído al ver como el gato seguía deambulando de un lado a otro, como funcionario desesperado en busca del primer café matutino, no pudo ver la cara de la chica que abrió la única puerta que era capaz de divisar desde la cama. El pelo lo tenía rubio, recogido en una especie de moño. El paso ligero no le impedían caer de sus tacones de aguja.

El trance observatorio fue interrumpido por la llegada del equipo de fisioterapia que intentaría dar algo de movilidad a alguno de los cientos de músculos que permanecían en huelga.

Por encima de una de las mascarillas, las pestañas engrosadas por máscara negra embellecían unos amables ojos azules femeninos. El otro, con pijama sanitario blanco de manga corta dejaba entrever unos bíceps masculinos tatuados que parecían acostumbrados a levantar pesos muertos.

La hora del almuerzo era complicada por la dificultad de deglutir, si bien, había aprendido a cerrar los ojos y disfrutar de los olores: yogurt de macedonia, puré de carne estofada, batido proteínico de vainilla. Todo esto regado con el perfume infantil de su bebé al acercarse.

En la siesta soñaba con tiempos pasados cuando se quejaba por el dolor de alguno de sus músculos al que presionaba sin descanso para que cumpliera el objetivo marcado. Con frecuencia se despertaba con el llanto del pequeño que reclamaba la atención de mamá.

Las diferentes horas de la tarde provocaban un sinfín de perspectivas, según la orientación de la luz. Era cuando veía con más claridad quien se escondía detrás de los vidrios encortinados de enfrente.

Un coche frenó súbitamente para evitar atropellar al felino que decidió saltar a la carretera como adolescente que se escapa de casa para encontrarse a escondidas con su amada.

El ruido hizo que varios vecinos observaran desde las ventanas. El dueño del gato lo llamó con insistencia mostrando una bolsa de comida seca que movía para atraer su atención. Era un chico joven de unos treinta años, bien vestido.

Todos los días era una película diferente. Se había enganchado da una novela de la cual le costaba prescindir. El capítulo terminaba cuando las farolas eran encendidas y su mujer cerraba las cortinas para evitar que, desde fuera, alguien divisara su cambio de pañales.

Mientras veía crecer a su hijo, consiguió pequeñas movilidades que le permitieron sentarse en una silla de ruedas por pequeños periodos. Esto le sacaba del mundo que había creado.

Con el tiempo, supo cuando el cincuentón despeinado estaba triste porque no levantaba los brazos. O si la chica rubia había roto el corazón de algún pretendiente, incluso cuando volvía sola a casa.

El gato pasaba menos tiempo en la calle y, acudía rápido a la llamada de la prometida del dueño. Los vio abrazados una tarde después de que el chico le diera algo que la hizo llorar y asentir con la cabeza.

Cuando las obras de reformas de adaptación de la casa empezaron y él tuvo que salir del cuarto de invitados, no se pudo llevar la única televisión por la que había tenido interés todo el tiempo. Las otras ventanas de la casa daban a otras series de novelas.

La de la sala, por ejemplo, ofrecía un espectáculo de dos plantas de oficinas. Los actores se darían a conocer en unos días. Ellos no trabajaban por la noche. Al día siguiente, empezaría el primer capítulo.

5 comentarios:

  1. Me ha gustado muchísimo (aunque no veo del todo el conflicto y los objetivos del personaje y cómo conseguirlos... Pero me da igual, me ha atrapado la lectura🙂)

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  2. Ah, no había entendio así el relato. Pensé que observábamos alguna cosa y desde ahí escribíamos un relato. Oh

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  3. Me ha gustado mucho que”otras ventanas de la casa daban a otras series de novelas”

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  4. Muy bien conseguido el batiburillo de ideas. Inhorabuena.

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